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Parte 1 LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO Hay tres expresiones principales en el Nuevo Testamento que describen la obra del Espíritu Santo a favor del creyente, a saber: “nacido del Espíritu” (Juan 3:6); “bautizados con el Espíritu” (Hechos 1:5); y “llenos del Espíritu” (Efesios 5:18). Estas expresiones designan tres distintas operaciones que el Espíritu efectúa en las vidas de los que se han sometido y rendido a Él: nacimiento espiritual, bautismo espiritual. Tales son las funciones divinas distintas del Espíritu Santo con respecto a todos aquellos que llegan a ser miembros del cuerpo espiritual de cristo, al Iglesia. Es muy importante definir apropiadamente estos términos, haciendo una adecuada distinción entre ellos, para evitar ser confundidos acerca de lo que la Biblia enseña sobre la obra del espíritu. Dicha confusión, demasiado frecuente por cierto, obstaculiza e impide la obra y la bendición del Espíritu santo en las vidas de muchos cristianos. Nacidos del Espíritu El pasaje básico sobre el nuevo nacimiento es el muy conocido capítulo 3 del evangelio según Juan. Este pasaje se registra la conversación de Cristo con Nicodemo, un principal entre los Judíos, e incluye la explicación que Jesús hizo a cerca de la obra regeneradora del espíritu Santo en el alma humana. Nicodemo, a pesar de ser un “maestro de Israel” (v. 10), no pudo captar fácilmente esta verdad y experiencia espiritual. Jesús le explico el asunto comparando el nacimiento físico, o sea el hecho recibir vida física en el cuerpo material, con el nacimiento espiritual, esto es, el hecho de recibir vida espiritual de Dios. El nacimiento es fundamentalmente la manifestación de la vida. La vida empieza en el momento de la concepción; el óvulo es fecundado y una nueva vida comienza a existir. El nacimiento es, por así decirlo, como descorrer el velo que oculta parcialmente esa nueva vida, es darla a luz, de aquí el término usado precisamente para este evento: dar a luz. El nacimiento del Espíritu de Dios, o nacimiento espiritual, es muy parecido al nacimiento físico. La semilla incorruptible de la Palabra viva de Dios es implantada por el Espíritu Santo en el alma, y si es “acompañada de fe” (Hebreos 4:2), o sea adecuadamente aceptada y recibida, producirá un nuevo e interno nacimiento venido de lo alto. Esta “nueva vida” es la vida del Espíritu, el cual ha venido a morar en aquella alma. Ser “nacido del Espíritu” (Juan 3.6) significa haber recibido al Espíritu dentro de nuestro corazón, en Su total y completa capacidad para dar vida. Él pone la vida divina de Cristo dentro de la alma humana. Antes de la entrada del espíritu el alma estaba muerta” (Efesios 2:1) y “estéril” (Gálatas 4:27). Por lo tanto, debe ocurrir un acto de traer a la vida o, mejor aún, de traer la vida. Así como el nacimiento físico es la manifestación de la vida espiritual, vida que viene de arriba. Por la presencia y morada del Espíritu Santo el creyente renacido, aun cuando todavía puede que no sea nada más que un bebé en Cristo, es uno de los “participes de la naturaleza divina” (2ª Pedro 1:4). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2ª Corintios 5:17). “y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9). Este es el primer y más importante trabajo del Espíritu en el alma del ser humano, engendrar una nueva vida y construir a la persona en un hijo de Dios. ¿Podría haber una manifestación del poder del Espíritu santo de mayor trascendencia o de mayor magnitud que la regeneración del alma humana? Ningún poder supera el poder de dar vida. El hombre ha sido capaz de producir o reproducir casi cualquier clase y grado de poder conocido, pero el poder de crear vida de la nada es algo que está más allá del alcance y habilidad humana. Debemos tener en cuenta que las demostraciones del poder físico no son particular o necesariamente manifestaciones del poder de Dios por cuanto las tales pueden ser realizadas en la energía común y corriente de la carne y del cuerpo material. Pero el acto de introducir una vida nueva y divina en el alma de un pecador es la más excelsa y verdadera manifestación que hay del poder espiritual. Esto no puede ser efectuado por la energía humana; es el trabajo, la obra, el ministerio, la tarea del Espíritu santo únicamente. Esta es la evidencia de la presencia y del poder del Espíritu que necesitamos en nuestros días y en nuestra generación, la salvación de multitudes de almas perdidas. Bautizados con el Espíritu Mucha confusión ha habido acerca del bautismo del espíritu Santo. No obstante, la Palabra de Dios nos da enseñanzas muy claras sobre este tema tan vital. El bautismo del Espíritu fue predicho primeramente por Juan el Bautista, el cual lo consideró como un evento futuro, específico y definido. Su predicción consta en cada uno de los llamados Evangelios Sinópticos, o sea Mateo, Marcos y Lucas. “El que viene tras mí... él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). De esta manera Juan predijo que cuando Cristo apareciera en la escena, haría algo de mucha mayor importancia que bautizar a los hombres en agua. El bautismo de los creyentes por el Espíritu Santo, es más tarde designado por Jesús como “la promesa de mi Padre” (Lucas 24.49), por la cual Sus discípulos debían esperar, después de su resurrección, en la ciudad de Jerusalén. Hechos 1:12 nos muestra que ellos siguieron Sus instrucciones el pie de la letra. El bautismo del Espíritu es señalado claramente como un evento determinado y específico, que tomaría lugar en cierto tiempo, igualmente determinado y fijo de la historia (Hechos 1:4,5). Durante el ministerio terrenal de Cristo, el prometido derramamiento, o bautismo, el Espíritu Santo es considerado como algo que “aún no había venido” (Juan 7:39; véase los vv. 37-39). La declaración particular del versículo 39 es una indicación ulterior de que este derramamiento del Espíritu involucra un evento determinado y específico que todavía estaba en el futuro. Al comparar el bautismo prometido por Juan tal como se puede encontrar en los evangelios sinópticos, la promesa de Jesús y sus correspondientes comentarios inspirados que hallamos en Juan 7:37-39, y el mandamiento y promesa del Señor según leemos en Hechos 1:4-8, todo parece señalar, en forma inequívoca, el evento que es descrito como el bautismo del Espíritu o el derramamiento del Espíritu Santo. Consideremos más particularmente el pasaje contenido en Hechos 1. Jesús ha concluido Su ministerio en la tierra y ha completado Su obra redentora en el Calvario. Ha sido resucitado de los muertos y está listo para ascender de nuevo a los cielos. Este gran evento, el bautismo del Espíritu Santo, todavía no ha acontecido. Pero mientras se prepara para dejar esta tierra, asegura a Sus discípulos que este evento bendito y divinamente prometido está muy cerca: “vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (v. 5). En el día de Pentecostés, apenas pocos días más tarde de los eventos que acabamos de delinear, o sea, la promesa de Juan el Bautista y del Salvador, descrita como “la promesa del Padre” (Hechos 1.4), fue cumplida total y cabalmente en el derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia. ¿Qué fue lo que realmente ocurrió en el día de Pentecostés? Si podemos discernir lo que aconteció en tal evento, sabremos qué es el bautismo del Espíritu Santo, por cuanto lo que tomó lugar en el día de Pentecostés, fue el cumplimiento de las promesas de Juan y de Jesús con respecto a esta particular tarea del Espíritu Santo. Es importante notar con mucho cuidado las palabras de Juan 7:39: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.” Comparar este versículo con lo que está registrado en el capítulo 2 del libro de los Hechos, nos lleva a la conclusión de que el Espíritu “vino” el día de Pentecostés marcó la venida del Espíritu Santo en un sentido distinto, para ocupar Su morada o residencia en el cuerpo de Cristo en la tierra. Aun cuando el Espíritu de Dios, en ciertas ocasiones específicas del Antiguo Testamento, vino sobre algunos de Sus hombres en la tierra (Balaam, Josué, sansón, Saúl, David y otros más), Su lugar especial de residencia era el trono de Dios. Cristo, también estuvo en el mundo en algunas ocasiones durante la dispensacion del Antiguo Testamento, revelándose a unas pocas personas (Abraham, Agar, Jacob, los ancianos de Israel, Josué, Daniel y otros) en apariciones denominadas “teofanías”, pero Su lugar especial de residencia estaba también en el cielo. Al tiempo señalado por Dios Jesús transfirió Su lugar especial de residencia a la tierra, por un período aproximado de treinta y tres años, aun cuando todo ese tiempo estaba todavía presente en el cielo (véase Juan 3:13). Luego, también al tiempo determinado por Dios, transfirió nuevamente Su lugar especial de residencia al trono de Dios (Lucas 24:50,51). Aun cuando cada uno es omnipotente, las tres Personas de la Deidad pueden, o aún deben, tener un lugar central de residencia o morada. El Espíritu Santo estuvo presente con el pueblo de Dios desde el mismo principio, pero transfirió Su lugar central de residencia del cielo a la tierra en el día de Pentecostés. Nótese las palabras de Jesús en Juan 14: 17: “el Espíritu de verdad... mora con vosotros, y estará en vosotros.” Esto ocurrió en cumplimiento de lo que Cristo prometió a Sus discípulos que después de Su partida el Consolador vendría a tomar Su lugar y permanecería con ellos para siempre. La lectura del capítulo 2 del libro de los Hechos nos lleva a exclamar maravillados: “¡El Consolador ya ha venido!” El bautismo del espíritu Santo fue, por lo tanto, un “bautismo de la Iglesia,” y tuvo lugar como un evento determinado, específico e histórico en el plan divino de Dios, una vez y para siempre. Las repeticiones del evento, registradas en los capítulos 8,1 y 19, ocurrieron para revelar inobjetablemente a la iglesia primitiva que los samaritanos, romanos y griegos estaban también incluidos en el plan de Dios y que eran recibidos como miembros plenos del cuerpo de Cristo conjuntamente y al igual que el pueblo de Israel. Esto se puede notar también en los otros pasajes, tales como Efesios 3:6 y Romanos 15.7. Los creyentes Judíos encontraban bastante difícil entender, mucho menos aceptar, que los gentiles pudieran ser salvados, y solamente cuando les fue dado observar las mismas manifestaciones del Espíritu en los no-judíos, tal como las vieron entre su propia gente, aceptaron el hecho de que “también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida” (Hechos 11:18). En Hechos 10:45 leemos que los discípulos “se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. |
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