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Primeros pasos en aconsejamiento Orientación de Nuevos Creyentes Manual básico de auto entrenamiento Por Gustavo Palizza Cuando terminé de predicar ese viernes, invité a las personas a que tomaran una decisión personal con la cual aceptaran a Cristo como su Salvador. Cerca de diez personas levantaron sus manos anunciando que quería hacerlo. Al terminar la reunión la gente comenzó a salir. Para mi sorpresa nadie en esa iglesia se quedó a conversar con los que habían manifestado su deseo de tal decisión. Tal vez mañana, pensé... El día sábado continuaba la conferencia. Prediqué nuevamente y se repitió la escena de la noche anterior. En definitiva, había muchas personas interesadas que no pudieron concretar su deseo. Se fueron sin que nadie tuviera una conversación seria y personal con ellos para ayudarles y evacuar dudas sobre la relación que querían comenzar con Cristo. Perdimos una batalla en la guerra cuyo objetivo es recatar almas de las tinieblas. Este es el motivo que me impulsa a escribir este pequeño libro. Muchas iglesias necesitan preparación en el área de aconsejamiento básico. Sé que para muchos esto es demasiado básico, pero créanme, he estado en lugares en donde estos consejos cambiarán el futuro de la iglesia. El objetivo no es convertir a una persona en un consejero experimentado, ya que para eso se necesita mucho más que un breve comentario y, por sobre todas las cosas, tiempo.
Sin lugar a dudas todo cristiano enfrenta momentos en los que necesita guiar a otras personas a tomar decisiones importantes. Uno de estos momentos clave es cuando alguien dice: "Yo quiero conocer a Jesús". Existen muchos métodos y libros sobre cómo guiar a una persona a Cristo, pero son muchos los que no saben qué hacer después de que la persona reconoce a Jesús como su Salvador personal. I. ¿Por qué aconsejar? Qué es un consejero Cuando hablamos de "consejeros" entendamos que, en el caso de este libro, no estamos necesariamente refiriéndonos a alguien que tiene todas las respuestas posibles ante todos los interrogantes de la vida. ¡Qué el título no ensanche tu camisa! Solamente llamamos con este término a aquellos que van a asistir a alguien que decide aceptar a Cristo como su Salvador Personal. Específicamente estamos hablando de reuniones en la iglesia, eventos evangelísticos y demás. El momento más importante de la vida Tuvimos un excelente tiempo de alabanza. La gente cantó y participó del culto maravillosamente. Había un clima agradable que armonizaba con el decorado que algunos hermanos habían hecho en un esfuerzo extra de su tiempo. Aún quienes visitaban la iglesia por primera o segunda vez cantaron entusiasmados sin conocer bien la letra de las canciones. Eso fue muy motivador para todos. Luego subió a la plataforma un cantante que con su música, nos hizo pensar a todos en el sacrificio de Cristo a nuestro favor. Se notaba que había ensayado bastante, pues hasta sus movimientos estaban muy bien coordinados. Cuando todos estábamos concentrados en la escena de la crucifixión, un hombre pasó al frente y comenzó a hablar sobre ese tema. Leyó dos versículos de la Palabra de Dios para luego exponer durante 15 minutos sobre lo que Jesús hizo por nosotros. Todos estaban concentrados mirándolo fijamente. Nada distraía a nadie. Era el clima perfecto que cualquier predicador quisiera tener. Al terminar, él dijo a la congregación que no había perdido detalle de su prédica: "Tal vez alguien aquí quiere reconocer a Cristo como su Salvador. ¿Hay entre nosotros alguna persona que quiera pedir a Dios perdón por sus pecados y comenzar una nueva relación con Dios?" Tímidamente un hombre de la segunda banca que había estado atento durante todo el mensaje, sin perder detalle alguno, levantó la mano. Al fondo del salón, una señora mayor que había venido con su nuera y sus nietos también levantó la mano. Su nuera lo hizo unos segundos después. Otro hombre que estaba a la mitad del salón abrazado a su esposa fue el cuarto en manifestar su deseo. Posteriormente uno tras otro levantaron su mano hasta llegar a un número casi de 20 personas. Luego nos pusimos todos de pie. Oramos y la reunión había concluido. Comenzamos a saludarnos para luego retirarnos a nuestros hogares. ¡Esos sí son cultos que no se olvidan fácilmente! El domingo siguiente en la iglesia tuvimos otra reunión diferente. Fue muy buena pero nunca como la anterior. Estábamos la mayoría de los hermanos, pero algo faltaba. Había algunos grandes ausentes. ¿Qué pasó con aquellos que levantaron sus manos el domingo anterior? ¿Por qué motivo no vinieron a la reunión? ¡Vaya manera de comenzar una "nueva relación con Dios"! Es en este punto en donde comienzan las comparaciones. ¿Cuándo yo acepté a Cristo nunca falté a la iglesia! ¡Jamás he dejado de asistir a una sola reunión! ¡Para mí que estos son pura emoción y no toman en serio las cosas de Dios! Tales afirmaciones me causan gracia pero a la vez reflejan el pensamiento de muchas congregaciones y personas. Lo peor es que estas personas tal vez nunca más vengan a la iglesia, y esto por una simple razón: ¡Nadie les dijo que debían seguir viniendo! Dejar que alguien que acepta a Cristo actúe según su propia conciencia, trae algunos problemas graves: · Confusión: el nuevo creyente sabe que tomó una decisión pero no sabe exactamente qué trascendencia tiene la misma. · Desorientación: -"Tal vez tengo que venir algunos domingos a la iglesia y levantar siempre mi mano"- o por el contrario: - "Ahora que me voy al cielo puedo seguir haciendo mi vida sin rendir cuentas a nadie". · Pérdida de tiempo: Su proceso a la madurez será lento pues tal vez nunca llegue a saber que debe crecer en la fe.
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