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Gigantes al Acecho

Capítulo 1

Desaliento

Cuando se estudia el Antiguo Testamento es necesario recordar que, de acuerdo al Nuevo Testamento, fue escrito para nuestra enseñanza, y "para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos" (1ª Corintios 10:11). Cuando leemos la Biblia, no estamos leyendo tan solo un relato interesante de la historia, sino algo que fue escrito con un propósito. Cada pasaje tiene una interpretación, y aplicaciones válidas para nuestras propias vidas.

Números 13 registra la historia de los doce espías de Israel. Estos fueron a Canaán para ver cómo era la tierra que el Señor les había dado. Fueron, observaron la tierra, y regresaron. Diez de ellos dijeron que la tierra era buena, que fluía leche y miel, pero que había allí gigantes, gigantes tan altos que "éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos" (Números 13:33). Estos diez hombres dijeron que Israel simplemente no podía poseer la tierra: había demasiados problemas, gente demasiado alta, demasiados gigantes. Dos de los espías dieron un buen informe, y dijeron: "Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos" (versículo 30). La tierra podía ser conquistada con la ayuda cierta del Señor. Sin embargo, la mayoría prevaleció. El desaliento cundió, y la victoria fue perdida.

¿No ilustra esto la actitud de mucha gente hacia la vida, incluso hacia la vida cristiana? Muchos creyentes tienen esa misma actitud. Ya han confiando en Jesucristo como su Salvador. Saben que El es quien ha llevado sus pecados y, sin embargo, su vida dista mucho de estar llena de gozo y de paz. Estos cristianos contemplan lo que piensan ser grandes posibilidades para esta vida; y luego dicen: "Es realmente buena tierra, tierra que fluye leche y miel. Hay hermosas promesas en las Escrituras; promesas de paz, de gozo y de descanso. Hay libertad del temor. Hay esperanza. Hay perdón del pecado. Hay liberación de la culpa, y hay seguridad." Y por el estilo pueden continuar por buen rato la miel fluye, la leche abunda, ¡es algo maravilloso y grande! Además, están cansados de la manera en que habían estado viviendo; cansados de la vida vieja. Sin embargo, hay gigantes; no pueden desentenderse de los gigantes. Están convencidos de que hay muchas cosas maravillosas por delante, una tierra promisoria, y una vida que vale la pena, pero . . . ¡hay gigantes!

Toda la gente tiene gigantes de una clase u otra. "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana" (1ª Corintios 10:13). A menudo pensamos que nuestras tentaciones son algo especial, que el diablo nos dedica más tiempo que a otros, y que usa más astucia, más planes, más programas e ideas contra nosotros que contra cualquier otro. Los gigantes que tienes, es decir, los problemas que te aquejan, son comunes a todos nosotros.

Pretender que no hay gigantes allí no es correcto. No se gana nada pretendiendo no verlos. Son tan reales como la vida misma. Aquellos viejos gigantes son tan persistentes como la muerte; gigantes burlones, embaucadores, engañosos, que sonríen con sorna, que causan miedo. A voz en cuello nos gritan lo que podemos o no podemos hacer. Son gigantes que en realidad nos causan terror, y cada uno de nosotros tiene que hacerles frente.

Una solución sería huir de estos gigantes, y decir que son demasiado grandes. La tierra es buena, y fluye leche y miel, ¡pero allí hay gigantes! ¡No podemos hacer nada, por causa de esos gigantes! La abundancia de miel y leche representa la suficiente provisión de todas las cosas buenas. Es una tierra maravillosa, hay provisión para todas nuestras necesidades; pero . . . ¡hay gigantes! Si huimos, la victoria será de ellos. Se reirán de nosotros todo el resto de nuestra vida, burlándose y diciendo: "Por supuesto que hay una tierra que fluye leche y miel; pero ustedes no pueden hacer nada, porque nosotros estamos aquí."

Pero, en lugar de huir de esos gigantes, podemos hacerles frente y buscar la manera de conquistarlos. Esta es la solución más sensata; porque, de lo contrario, ellos nos convertirán en sus esclavos, nos destruirán; y nuestra vida será miserable, con muy poca bendición, todo se verá opaco y obscuro, sin consuelo ni esperanza.

¿Cuáles son estos gigantes? Uno que parece destacarse del cuello para arriba sobre todos los demás, es el que se conoce como "desaliento." Quizá otros le den un nombre diferente. Puede ser que el desaliento no sea el gigante más grande, pero sí es el más agresivo. Toda persona ha sido víctima de sus ataques en un tiempo u otro.

El desaliento ha destruido a miles y miles de seres humanos. Muchas personas y puede ser que tú seas una de ellas se encuentran como en un callejón sin salida. Su vida se ha derrumbado, el gozo les ha sido quitado, están tan desanimados que no saben hacia dónde voltear los ojos. El desaliento los tiene acorralados en una esquina, y amenazándoles con su espada, les dice: "No puedes hacer nada. ¿Quién crees que eres?"

Es difícil levantarse y echar a andar cuando a uno ha perdido el valor y la confianza. El desaliento hace que el ánimo ruede cuesta abajo. El alma languidece, el corazón se apoca, la mente se embota. Tropezamos con una nadería, y pensamos que es una montaña. Andamos en círculos, y hasta contradecimos al sentido común. La luz del sol se oculta. Por delante sólo vemos desesperación. La esperanza se ha desvanecido, el deseo está agonizando, y no falta casi nada para convencernos de que hasta Dios se ha olvidado de nosotros. El desaliento y la desesperanza nos han aniquilado.

La Biblia tiene mucho qué decir en cuanto al desaliento, para que podamos entender sus resultados, los cuales pueden ser trágicos. Una ilustración se halla en Números 32. Moisés fue muy claro y firme al advertir a los de las tribus de Rubén y Gad que no desalentaran al resto de los hijos de Israel rehusando pasar a la tierra de Canaán. Los hijos de Rubén y Gad querían quedarse al otro lado del río, en donde la tierra era buena para el ganado. Tenían grandes rebaños, y esa tierra era apropiada. Moisés tuvo que decirles que debían tener cuidado, porque podían desalentar y destruir a los israelitas. "Destruiréis a todo este pueblo" (Números 32:15), fue la advertencia de Moisés. Estaba preocupado porque el desaliento podría destruir a la nación. Obviamente, cuando una persona está realmente desanimada, los resultados pueden ser trágicos.

El desaliento hizo presa de ellos cuando los espías de Israel vieron gigantes en Canaán. Habían ido a Canaán y regresaron con el informe de que todo era muy bueno una tierra excelente que fluía leche y miel ¡pero había gigantes! Y el pueblo se preguntó: "¿Qué es lo que vamos a hacer?" "Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón, diciendo: Este pueblo es mayor y más alto que nosotros, las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; y también vimos allí a los hijos de Anac" (Deuteronomio 1:28). Con semejante informe, el pueblo se desalentó.

Los israelitas se habían olvidado lo que Dios había dicho. Moisés les había dicho: "Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho; no temas ni desmayes" (versículo 21). Tenían la palabra de Dios en una mano, y la palabra de los espías en la otra; y la palabra de los espías prevaleció.

Mirándolo desde nuestro propio punto de vista, tal vez digamos: "¡Qué gente tan tonta! ¿Por qué les hicieron caso a esos espías? ¿Por qué no confiaron en la palabra de Dios?" Es fácil decirlo; pero, si hubiéramos estado allí, probablemente hubiéramos estado con la mayoría. Quizá nos hubiéramos puesto de su lado, y nos hubiéramos quejado, olvidando la palabra de Dios y aceptando, en su lugar, la palabra de nuestros hermanos: "Esos gigantes son demasiado para nosotros. La gente es alta, y las ciudades están amuralladas."

¿Notaron cuan altas les parecían aquellas murallas cuando fueron vistas con los ojos del desaliento? Los espías dijeron que las murallas llegaban "hasta el cielo" (versículo 28). Se veían como paredes formidables. El Señor dijo: "Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:9). Dios sabía la altura de los muros, pero el pueblo se olvidó de que Dios lo sabía. Las murallas eran altas, pero no hasta el cielo. Parecían serlo sencillamente porque eran vistas con ojos de desaliento.

Pablo dijo: "Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten" (Colosenses 3:21). El desaliento es como una plaga: es fácil agarrarlo, consume nuestra energía, nos quita todo vigor, y nos deja apáticos, tristes, embotados, desanimados y abatidos.

Después de que los espías habían explorado la tierra, regresaron "a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Paran, en Cades, y dieron la información a ellos" (Números 13:26). El corazón de la gente latía emocionado. Dios les había prometido esta tierra. Los espías habían ido a reconocerla, y esperaban ansiosamente su informe.

Los espías mostraron al pueblo el fruto de la tierra, y dijeron: "Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac. Amalee habita el Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la ribera del Jordán" (versículos 27-29). Una vez que empezamos a ver las cosas a través de los ojos del desaliento, veremos más obstáculos de los que podemos contar.

Entonces Caleb dio su informe. "Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos" (versículo 30). Un poco más tarde Caleb y Josué urgieron al pueblo a confiar en que Dios les introduciría con seguridad a Canaán; y dijeron: "No seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan" (14:9). En resumidas cuentas lo que dijeron fue: "¡Esto es pan comido! ¡No hay ningún problema!"

Pero eran diez los que trajeron el informe desalentador, y el pueblo no se sentía seguro. Aquellos hombres habían dicho: "No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos" (13:31-33).

¿Cuál fue el resultado? ¿Cómo reaccionó el pueblo ante tales noticias? "Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos! ¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería mejor volvernos a Egipto? Y decían el uno al otro: Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto" (14:1-4). ¡Ah, el desaliento! ¡Qué cosas terribles y pavorosas hace hacer el desaliento!

Una persona abatida, una persona desanimada, no es algo bonito para ver. Pocos han captado el espíritu del abatimiento mejor que el poeta Edwin Markham, en su poema "El Hombre con el Azadón." En él, el poeta vio un hombre abatido, inclinado sobre su azadón, preguntando: ¿Es esto lo que Dios quiso que fuéramos?

Encorvado por el peso de centurias se inclina
Sobre su azada y clava en tierra su mirada,
El vacío de edades en su rostro,
Y la carga del mundo en sus espaldas.
¿Quién le dejó muerto al arrobamiento y a la
desesperación,
Una cosa que no sufre y nunca espera,
Impasible y estupefacto, hermano del buey?
¿Quién desgajó y dejó caer su brutal mandíbula?
¿De quién fue la mano que doblegó su cerviz?
¿Cuyo fue el soplo que apagó la luz de su cerebro?

¿Es esta la Cosa que el Señor Dios hizo
Y le dio dominio sobre tierra y mar;
Pura seguir el curso de los astros,
Y buscar en los cielos el poder;
Para sentir las pasiones de la Eternidad?
¿Es este el sueño que soñó Aquel que formó los
astros
Y les señaló su ruta en el abismo infinito?
En el más profundo rincón de las cavernas del
infierno
No hay forma más terrible que ésta
Más vilipendiada con la censura de la codicia
ciega del mundo
Más llena de señales y portentos para el alma
Más repleta de peligro para el universo.

Oh amos, señores y gobernantes de todas las tierras,
¿Es esta la obra manual que ustedes dan a Dios,
Esta cosa monstruosa distorsionada
y de alma aniquilada?
¿Cómo podrán ustedes jamás enderezar esta forma;
Tocarla de nuevo con inmortalidad;
Devolverle su postura altiva, y la luz;
Reconstruir en ella la música de un sueño;
Hacer justicia de infamias inmemoriales,
de pérfidas maldades, y de males incurables?

Oh amos, señores y gobernantes en todas las tierras,
¿Cómo tendrá en cuenta el futuro a este Hombre?
¿Cómo responder a su brutal pregunta en esa hora
Cuando los torbellinos de rebelión estremecen
todas las playas?
¿Qué será de los reinos y los reyes
Con aquellos que le convirtieron en la cosa
que él es?
Cuando este sordo Terror se levante
a juzgar al mundo,
Después del silencio de centurias?

¿Quién va a responder por todo el desaliento que ha venido en todas las edades? Este es un cuadro no solo del desaliento, sino también de la condenación de quien dijo una palabra, o hizo algo, para aumentar el desaliento en otro. ¿Te ha abatido el desaliento? ¿Te ha hecho sentir que no puedes hacer ya nada?

El desaliento causa toda clase de efectos secundarios. Una persona que ha perdido el ánimo por lo general es también amargada. La amargura pronto toma el control de su vida, y todo se vuelve amargo. Su lengua se torna mordaz, su mente critica todo, y pronto piensa que no vale mucho ni para Dios ni para el hombre. ¡Allí lo tienen desalentado, sin esperanza, amargado e inútil!

Algunos, sin embargo, vislumbran la victoria. Al igual que Caleb y Josué, recuerdan la palabra de Dios, y dicen: "Más podremos nosotros que ellos" (13:30). ¿Gigantes? ¡Pues claro que hay gigantes allí! Pero Dios es capaz de derrotar a los gigantes. ¡Vayamos enseguida! ¡Vamos a la tierra que fluye leche y miel! ¡Disfrutemos de la victoria de Dios! ¡Confiemos en El!

No obstante, siempre hay una mayoría rondando cerca y diciendo: "Es mejor andar con cautela. ¡Puede ser muy costoso! ¡Hay gigantes allí!"

Podemos dar oídos a la voz que escogemos oír. Podemos oír la voz de Dios, entrar a la tierra y disfrutar de la victoria; o podemos escuchar la voz de la muchedumbre, y quedarnos fuera de la tierra y ser nada.

 
   
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