En el pueblo de Parry Sound en el Canadá hay un alto y largo puente usado por el ferrocarril para atravesar el río. Un día domingo en la tarde, un señor de ese pueblo nos llevó a la torre de observación cerca del puente, y mientras contemplábamos un tren que pasaba, nos contó la siguiente historia:
En nuestra Escuela Dominical, decía él, teníamos un niño algo lento mentalmente hablando, pero que siempre demostraba mucho interés en la escuela y no faltaba nunca. Su nombre era Ricky.
¿Ven ustedes esa casa junto a la línea y un poco al norte? continuó, indicando una casa sencilla, pintada blanca. Allí vivía Ricky, y tenía un perro al que amaba mucho, su constante compañero. Un día por la tarde los dos salieron de casa a jugar, y el niño decidió cruzar al otro extremo del puente. Apenas habían alcanzado hasta la mitad cuando sintieron el ruido de un tren que se aproximaba rápidamente. ¿Ven que en el puente hay a cada cierta distancia unas plataformas con barandas? Son precisamente para que si algún obrero ferroviario es sorprendido en el puente por un tren, pueda refugiarse allí hasta que pase el peligro. Pero por supuesto, como ustedes comprenderán, no les es permitido a los peatones transitar por allí.
Bueno, Ricky sabía muy bien de esta provisión, y llamando a su perro acudió con urgencia al refugio. Pero el animalito parecía ignorar el peligro y siguió su juego, saltando y corriendo. Ya se acercaba el tren, y luego entraría en el puente. Ricky, desesperado, abandonó su escondite y logró por fin tomar al perro en sus brazos. Corrió hacia el refugio, pero en el momento en que el tren entró en el puente, quizás asustado por el ruido o la vibración, el animal dio un salto convulsionado y se lanzó de los brazos de su dueño.
Las personas que miraban la escena desde esta torre donde estamos ahora, nos contaron después que el niño, angustiado, llamó otra vez a su perro; pareció titubear un instante y nuevamente corrió a salvarlo. Fue inútil, narró emocionado el relator. El tren ya le alcanzaba, y antes que pudiera volver al refugio con el perrito en sus brazos, Ricky fue arrojado a las aguas abajo. Su pequeño cuerpo quebrado fue encontrado el día siguiente.
Ricky murió por tratar de salvarle la vida a su perrito. El que relataba la historia, y nosotros que escuchábamos, ambos pensamos en una historia aun más conmovedora. El amor de Ricky nos había llevado a un cerro fuera de la ciudad de Jerusalén donde murió un Hombre por amor a otros.
Sí, niños, no es otro sino el mismo Señor Jesucristo quien nos amó y se dio a sí mismo por nosotros. El nos vio perdidos, expuestos al peligro de la ira de Dios por nuestro pecados, y en vez de abandonarnos a nuestros malos caminos, vino aquí a llevar nuestros pecados en su cuerpo en la cruz. El castigo que ustedes merecen por todas esas mentiras, palabras feas, enojos y tantos otros pecados, cayó sobre Jesús. Ahora sus brazos están abiertos y El dice a cada uno: Yo morí por ti; ¿no me aceptarás como a tu Salvador? ¿Por qué no te rindes a él? ¿Por qué no dejas que él te salve?
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