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“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” 1° Timoteo 2:5  

 En un mundo tan sectorizado y estratificado, donde las clases sociales se diferencian cada vez más, la discriminación social, religiosa y racial es un tema archi conocido. ¡Y no va a cambiar! La tendencia muestra que seguirá en aumento hasta culminar la pirámide donde unos pocos subyuguen al resto. Pero Dios no. Él no discrimina. Una de las historias más gráficas al respecto es la narrada en el evangelio de Mateo 22:1-14. Allí se nos presenta a un rey que prepara un banquete e invita a sus convidados. Estos desprecian la invitación y entonces la oferta es abierta para todos cuantos quieran beneficiarse. El banquete está listo, las puertas son abiertas. Aldeanos, campesinos, hombres de la calle y pordioseros, entran al palacio sin poder creer lo que ven sus ojos. ¡Un banquete real dispuesto para ellos! El primero se anima a probar bocado y todos a una se lanzan a la mesa a disfrutar de aquel festín.
Pero la euforia se transforma en silencio cuando el rey entra en la sala y ve a uno de los comensales vestido indignamente. Le increpa y, ante el silencio de aquel hombre, le saca de la fiesta y le lanza a la calle. Pero... ¿Quién te entiende rey, primero nos invitas a nosotros, los pobres, y ahora expulsas a este por no tener un traje adecuado?...
 Suena injusto, si desconoces que, en aquella cultura, se entregaba a cada invitado un delantal acorde al color del decorado del banquete en el momento en que ingresaba por la puerta del salón.
Entonces... ¿Por dónde entró este sujeto? Tal vez su propia vergüenza y prejuicios le hicieron entrar por otra parte. Y el rey dijo: No. Todos pueden entrar. Sí, pero  a mi manera. Por la puerta.
Dios no discrimina. Cualquier pecador puede entrar y disfrutar de su banquete espiritual pero no de cualquier manera. Dijo Jesús: “Yo soy la puerta. El que por  mí entrare, será salvo”.
Si te sientes expulsado por el mundo y sus hombres, acude a Dios. Él te aceptará, pero a Su manera. A través de Su Hijo.

Por: Pablo Martini
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