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“No nos trata conforme a nuestros pecados ni
nos paga según nuestras maldades. Tan grande es su amor por los que le temen
como alto es el cielo sobre la tierra.”Salmo 103:10-11
El conductor se vio obligado a detener su vehículo. El
color rojo del semáforo le indicaba que debía esperar durante un minuto. Giró
su rostro, miró por la ventana del coche y ante su vista, el desgarrador cuadro
conmovió sus entrañas. Tenía siquiera unos tres añitos. Su piel reseca por el
viento y quemada por el sol, sus pies descalzos, su ropa raída. Aquel niño
mendigaba moneditas ante los indiferentes conductores en espera de la luz
verde. Pero no iba a ser ese el caso de nuestro hombre. No podía quedar inmune
ante semejante realidad. Tampoco calmaría su conciencia sacando una moneda de
su bolsillo y continuar el viaje comosi nada hubiese sucedido. No dudó, abrió su puerta, se dirigió hacia
aquel niño, se agachó y lo levantó en brazos. Sus ojos estaban humedecidos de
tanto llorar solito, sus manos sucias, su voz ronca de llamar a sus
progenitores que nunca asomaron... Sacó su pañuelo y secó sus lágrimas. Con
ungüento para la piel humedeció sus resecas mejillas. Ya el semáforo cambiaba
del rojo al verde y se podían oír las enfurecidas bocinas de los autos detrás
del suyo. Con una toalla suave limpió sus pies descalzos y puso un pan y frutas
en sus bolsillitos.
La reacción de aquel niño de la calle fue instantánea:
levantó su pequeña pero curtida manito y con un violento movimiento, clavó sus
uñas en el rostro de su benefactor dibujándoletres claros surcos en la mejilla mientras daba un alarido casi animal
que se perdía entre un concierto de bocinas, gritos e insultos de conductores
apurados.
Le puso suavemente
en la calle, le dio un beso de despedida y subió a su coche. Ya el semáforo
volvía a ponerse de color verde, mientras su blanca y reluciente camisa, se
manchaba de color rojo, rojo sangre.
¿Dirías: “Niño desagradecido?”... ¿Acaso no hizo
exactamente lo mismo, el ser humano con Dios? También Él detuvo su marcha, nos
demostró su amor y nosotros lo crucificamos y matamos.
No rechaces hoy su amor, acepta sus caricias.
Mañana, el semáforo de la historia volverá a ponerse en verde y Él, ya se habrá
ido.
Por: Pablo Martini
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